
Está claro que un partido amistoso no es lo mismo que un encuentro oficial pero cuando hablamos de selecciones nacionales y los protagonistas son Argentina y Brasil, el cartel de “friendly match” es testimonial. Los dos entrenadores nuevos, Batista al mando de los albicelestes y Mano Menezes al frente de los canarinhos, quieren cambiar el rumbo que marcaron sus [...]
Está claro que un partido amistoso no es lo mismo que un encuentro oficial pero cuando hablamos de selecciones nacionales y los protagonistas son Argentina y Brasil, el cartel de “friendly match” es testimonial. Los dos entrenadores nuevos, Batista al mando de los albicelestes y Mano Menezes al frente de los canarinhos, quieren cambiar el rumbo que marcaron sus antecesores, Maradona y Dunga.
Batista propone un equipo mucho más equilibrado con casi los mismos jugadores. Refuerza y da sentido al centro del campo y mantiene la misma pólvora arriba. 1-4-3-3 con Mascherano, Banega y Pastore (ante la lesión de Cambiasso) en la mitad del terreno y arriba Messi, Higuaín y Di María. Maradona en el mundial metía en la zona ancha junto a Mascherano, a Máxi Rodríguez y a Di María, y el equipo corría el riesgo de partirse en dos, como ocurrió ante Alemania.
Por su parte, Mano Menezes ha rejuvenecido la alineación brasileña, en la que Ronaldinho es la excepción, y ha dado la alternativa en la selección a fubolistas que no habían debutado o que habían jugado muy poco. Ayer en Qatar salió con un equipo asimétrico en una especie de 1-4-3-3 en el que dejaba prácticamente la banda izquierda sólo para el jugador del Fenerhbace André Santos. Ronaldinho, con total libertad ofensiva, iniciaba por delante de la línea de medios, y Robinho y Neymar, que tienen un perfil de futbolista parecido, actuaban como jugadores más adelantados.
El encuentro tuvo calidad pero le faltó intensidad, con un ritmo lentísimo, lo dominó Brasil en la primera mitad, aunque Argentina siempre que atacaba lo hacía por su banda derecha, donde trataba de aprovechar la soledad de André Santos con las incorporaciones de Zanetti (no pasan los años por él), las caídas hacia esa banda de Banega o Pastore y las apariciones de Messi que en muchas ocasiones arrancaba desde allí. Mano Menezes, se dió cuenta de las maniobras argentinas y movió sus fichas para formar con un 1-4-3-3 más simétrico con Lucas Leiva como pivote y Ramires, por la derecha, y el jugador del Corinthians Elías, por la izquierda, como escuderos.
La segunda mitad fue más abierta. Salió el delantero del Nápoles Lavezzi por Higuaín y se colocó en la banda derecha donde hizo daño en los primeros minutos. Ésto permitió a Messi situarse por el centro en la misma posición en la que juega en el Barcelona y se le vió más cómodo. Las jugadas se sucedían en una y otra portería y daba la sensación de que podía ganar cualquiera aunque en el ambiente flotaba la idea de que podía ser el mejor jugador del mundo el que definiera.
En los últimos veinte minutos el partido se volvió a dormir y con el carrusel de cambios parecía que las dos selecciones se conformaban con el empate. Pero con el partido casi terminado, en el minuto dos de la prolongación Messi marcó un golazo. Le comentaba ayer a Héctor de Serpa en twitter que lo mejor o peor de todo, según cómo se mire, es que fue un tanto precioso y me pareció un gol normal. Con Messi estamos muy mal acostumbrados.
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